
“Serían-calculando-diez pesos”, dijo la señora Carmen mientras acomodaba en la bolsa las peras para el postre. “Gracias señora Carmen, ¿lo anota en la libreta por favor?”, los ojos de Blanca suplicantes miraban a la señora Carmen que sacaba del cajón izquierdo la libreta pequeña dónde anotaba cada pedido de mamá, que debía esperar enojada las peras que nunca llegaban. Salió del negocio, tomó la bicicleta, acomodó la bolsa en el manurio de la bicicleta, alcanzó a equilibrarse y las peras al suelo: una reventada, dos machucadas, otra hecha puré. Blanca se tapó los ojos para no ver tamaño desastre, que merecía algo más que un reto –por la torpeza de no darte cuenta que esas bolsas de la señora Carmen ni aguantan, chiquilla de porquería- diría la mamá. “¿Qué hago ahora?”, se preguntaba Blanquita horrorizada por el accidente, y esperando algún milagro que recompusiese las peras o se las hiciese llegar otra vez, pero rápido, antes de que mamá se asomase a la puerta con la cara desfigurada de rabia. De pronto, la salvación, allá venía el Carlos en la bici a buscarla “menos mal” pensó. Carlos llegó a su lado, no venía solo, andaba con un amigo nuevo, al parecer se había venido a vivir al pueblo hace poco, nunca le había visto. Le gritó desesperada, Carlos rió, le preguntó que le pasaba: “Mira, dejé la escoba, ayúdame, no tienes dinero para comprar más peras”. El niño nuevo la miró, le sonrió con la risa más bella que jamás hubiese imaginado. “Yo tengo muchas peras en casa, si quieres te las regalo para que tu mamá no te rete”. Era como un ángel, si hasta le había salvado el pellejo. Fueron en busca de las peras, vivía lejos del barrio, al parecer era compañero de Carlos del colegio, y debían hacer un trabajo para el colegio, juntos. La casa era linda, era enorme con un balcón como de cuentos. Él entró y salió con muchas más peras de las esperadas. Blanca le dio las gracias y salió corriendo, sin siquiera despedirse, nerviosa corría sonriendo por experimentar al fin eso de lo que le hablaban sus compañeras, jamás había visto ojos más bellos, sonrisa más limpia, manos más linda, corazón más bondadoso, soñaba con él subiendo el cerro una tarde verano, o sacando higos de la higuera de la casa, o en ese balcón mirando el atardecer, en el trayecto a casa imaginó una vida a su lado, cuando llegó mamá la esperaba hace rato, le llamó la atención por la hora, pero nada importaba, la sonrisa más hermosa del planeta se la había dirigido a ella, y tal vez se casasen en un tiempo más.